martes, 15 de mayo de 2012

Paradigmas eclesiales y consecuencias pastorales



A contrapelo de muchos analistas sociales que hablan del ocaso de la religión en un contexto cultural secularizado, pienso justamente lo contrario: que hay un revival de la religión. Lo que en cambio es novedoso, es la desinstitucionalización del creer. Es decir, el modo de re-ligación de los nuevos creyentes se construye al margen de las iglesias tradicionales. Y esto por muchas razones, entre las que enumeraré sólo algunas que escuché en ciertos lugares, de algunos amigos, de varios jóvenes y también de colegas:
1.     La convicción de muchos creyentes de que las iglesias son un obstáculo para la vida feliz por la insistencia en el pecado, la culpa, el cumplimiento de normas, la negación del goce y del disfrute, etc., etc. Pareciera que la fe llena de insatisfacción, amargura y represión…para ser felices hay que vivir al margen o a escondidas o…
2.     La experiencia de muchos creyentes con inquietudes sociales que sostienen que la iglesia predica sobre aspectos tan espirituales que poco tienen que ver con lo humano, los sentimientos, lo que a la gente le pasa. Sospechan que la fe tiene que ver con una mala conciencia y con el sentimiento que para ser felices plenamente hay que esperar la vida eterna… mientras tanto acá abajo tenes que sufrir.
3.     La irrelevancia teórica y práctica de ciertas propuestas espirituales en la línea de retornos fideistas o espiritualismos para acompañar a los fieles de hoy. Pareciera que no hay razones persuasivas y coherentes para vivir los valores evangélicos hoy, no aportan ningún plus a la vida o daría lo mismo ser creyentes que no serlo. Además pareciera que ser creyente hasta es poco ventajoso, rentable y no agrega ningún plus a la condición social
4.     La proliferación de fenómenos religiosos conservadores y fundamentalistas que privatizan la fe. Muchos sospechan que se trata de un retraimiento de la dimensión social de la fe para reducir la experiencia a cofradías y otros grupos sectarios o autorreferenciales donde se comparten los mismos valores, las mismas creencias y las mismas prácticas. Son una respuesta ante el caos, la incertidumbres. Estamos tan bien aquí…hagamos tres carpas!!!
5.      Una estética de la fe poco estimulante para algunos (o muchos) creyentes que consideran poco atractivas y gratificantes las celebraciones religiosas. O que las mismas responden a necesidades canónicas (formularios, rituales, esquemas generales, lenguajes anticuados, expresiones dogmáticas, etc.) pero no a las inquietudes y problemas de la gente, las situaciones por las que pasa, las crisis de la vida, etc.

Todavía hay cierta nostalgia de otros tiempos mejores en muchos sectores eclesiales y en muchos agentes pastorales también. La insistencia en la fidelidad, en la conservación de la fe, en la evangelización como cruzada, en la defensa de los valores católicos (por cristianos), la insistencia constante en las normas de la moral y las costumbres y la desacreditación de lo otro como relativismo cultural. Estamos en un tiempo histórico excepcional para pensar y actuar nuevamente la inculturación del evangelio y repensar los modelos eclesiales en la actualidad desde la lógica de la encarnación. Tenía razón Jon Sobrino cuando decía que “la esencia de la Iglesia no existe sino en cuento se historiza. De  ahí que la reflexión eclesiológica sin esa historización no sólo sería idealista y triunfalista por una parte y con grave peligro de irrelevancia por otra, sino que no sería teológica. (…) Por ello, lo que ocurre en la Iglesia y lo que ocurre de novedoso puede y debe ser a priori fuente de conocimiento teológico.”[1]
Me pregunto en este contexto: ¿Es posible plantear un nuevo modelo eclesial que posibilite la satisfacción, el goce y el disfrute de la pertenencia sin que se conviertan en formas de identidad refractarias a las diferencias y de filiaciones cerradas? ¿Seremos capaces de proponer una mística que reconozca la presencia de Dios en la cultura como base para hacer (tener) experiencia de Dios, que mantenga la alegría, la esperanza y el compromiso por la justicia? ¿Cómo pensar teológicamente una pastoral que acompañe y cuide la subjetividad de los creyentes en la construcción de la experiencia de fe?


[1] SOBRINO, Jon, Resurrección de la verdadera Iglesia, Los pobre, lugar teológico de la eclesiología, Santander, 1981, pág. 17.

sábado, 21 de abril de 2012

Sobre la precariedad y la exclusión



Algunas citas para “revisitar” nuestras propuestas pastorales

“Existía la ‘vida de los hombres infames’ (Foucault) pero
no existía la ‘vida de los hombres precarios’” [y excluidos]

Hace un tiempo atrás leí un libro muy interesante[1] del que me gustaría compartir algunas ideas (citas) en vistas de repensar, releer, revisar nuestras propuestas educativo-pastorales con los lectores del blog. Sobre todo, me viene la preocupación ante algunas propuestas inclusivas a “toda costa” que terminan excluyendo a nuestros destinatarios de mejores condiciones de vida

Es interesante marcar que la exclusión (en términos del autor: vidas precarias) es descripta como el “borrado radical” de la existencia. En función de esta conceptualización, podríamos plantearnos la realidad de la “inclusión” como propuestas de “habilitación” cultural, social, laboral, e incluso religiosa, frente a la “exclusión”: “…la fragilización de la vida que la sostiene, lleva consigo el borrado más radical de la población de vidas ordinarias así precarizadas, sin posibilidad de resurgimiento en la lengua, sin asidero tampoco en las formas del trabajo. (…) Sólo de la voz podrá emerger un rostro, un rostro nuevo engendrado por la respuesta habilitadora que persiste en considerar la precariedad como una injuria social antes que como un dato natural”. (12)

De tal manera que la “habilitación” es puesta dentro del marco de las categorías sociales “reingreso/reintegro” de la voz a los excluidos considerados en este caso bajo los opuestos “calificados/descalificados”: “El reingreso a la voz es la tarea de la crítica social hoy en día. Esta no consiste en hablar en lugar de los precarios; vuelve a la voz de los precarizados para garantizarle el modo de difusión, para promover sus ecos más lejanos (…) Esforzarse por volver a la voz, en si misma precarizada, significa así contribuir con la creatividad de las vidas comunes descalificadas por la precariedad.” (13)

Señala las causas qua efectos de la “exclusión” para la viabilidad de la vida mismas como resultado final del proceso pero con intermedias (desprecio social y denegación de reconocimiento). De tal manera que “la pobreza, el desempleo, la incertidumbre ante el mañana inscriben la precariedad de una vida en la precariedad social. Lo que entonces resulta amenazado es la propia posibilidad de llevar adelante una vida. Esto equivale a decir que la precariedad social pone en juego la propia viabilidad de las vidas. Destaca cuánto estamos [nosotros no, sino los excluidos] expuestos al desprecio social, a la experiencia de la injusticia como denegación de reconocimiento e incluso como denegación de la existencia” [el subrayado es mío] (38)

Pienso que estas citas deben ponernos -a nosotros y nuestros proyectos pastorales- en su justo lugar, pues con nuestras intervenciones sociales-educativo-pastorales no podemos resolver la expectativa de un cambio de vida, salvo que intervengamos en políticas o podamos hacer propuestas de políticas públicas de gran impacto o de largo plazo. Muchas veces con nuestras propuestas socio-educativo-pastorales creamos en la gente expectativas sin posibilidades de resolución e, en el peor de los casos irrealizables, pues las condiciones de vida actuales de los destinarios “pobres y abandonados” lo hace imposible si no es interviniendo sobre las causas.


[1] LE BLANC, Guilleaume, Vidas ordinarias. Vidas precarias. Sobre la exclusión social, Buenos Aires, 2007, pág. 10.

jueves, 15 de marzo de 2012

En mangas de camisa si…pero no de cualquier forma. A propósito de la fecha de Zatti


La visibilidad de lo cotidiano, las luchas ordinarias, el trabajo de descubrirse a sí mismo como proyecto inconcluso y descubrir a Dios y a los chicos/as en sus búsquedas hace sensible y diferente una biografía personal. La discreción divina en las elecciones vitales, la presencia de intuiciones fundamentales, la memoria de los orígenes y la construcción paulatina de los proyectos desaparecen en una liturgia que naturaliza la vida del santo -asignándole una fecha en el calendario- volviendo los acontecimientos vitales como invisibles de sentido, ocultando la humanidad de los santos en una narración providencialista (contada linealmente sin irrupciones)- desvanece la historicidad de sus vidas como si fuese lo mismo una fecha que otra.

Es cierto que Zatti ingresó en el aspirantado con una marcada vocación por la figura sacerdotal[1] y que a raíz del contagio de la tuberculosis tuvo que interrumpir su itinerario formativo. Pero si los superiores de entonces le propusieron hacer la profesión religiosa como salesiano coadjutor no fue un premio consuelo. Hizo rezar a su familia y a sus amigos para que se cumpliera la voluntad de Dios siempre respecto de su salud y de su vocación: “Estad tranquilos y que se cumpla la voluntad de Dios en todo” (Positio, pág. 76)[2]

Después de haber realizado la profesión como salesianos coadjutor, lejos de la frustración y el enojo por la “vocación sacerdotal misteriosamente fallida” (pág. 70-71) como tergiversa Noriega, Zatti le escribe a sus familiares con alegría -y me animo a decir también que hasta con emoción- por cumplirse la voluntad de Dios en él: “Con el corazón lleno de una santa e indivisible alegría por la gracia extraordinaria que el buen Dios, más allá de todas mis esperanzas, se ha dignado concederme (pero que yo la atribuyo a vuestras oraciones y a las de los demás que rezáis por mis intenciones), me dirijo a vosotros rogándoos encarecidamente que deis gracias conmigo al buen Dios y a la Santísima Virgen comulgando y oyendo una Misa...” (Positio, pág. 84)

Creo que aun a la altura del siglo en que estamos, de los procesos eclesiales y de la vida consagrada después del Vaticano II todavía mantenemos cierta rémora clerical en las formas mentis, los discurso y la pastoral. Sin mucha teología de fondo, pero con el bagaje de la tradición legada por Don Bosco, decía él mismo a uno de los hermano salesianos: “Se puede servir a Dios sea como sacerdote, o como coadjutor: delante de Dios una cosa vale tanto como la otra, con tal que se la viva como una vocación y con amor” (Summarium, pág. 310, n. 1224)

Hoy 15 de marzo es la fecha del fallecimiento de Don Artémides Zatti, ese día se fue “lleno de vida al cielo” como dice Mechi sobre la partida de su papá. Por eso me gusta festejarlo en este día y no en la fecha “oficial” (artificial) para la liturgia. Una fecha que no significa nada en la vida de Zatti en en la nuestra…


[1] NORIEGA, Néstor, Venerable Artémides Zatti. Héroe de la caridad. Modelo de laico consagrado hoy, Didascalia, Rosario, 1999 (las páginas se indican en el texto). Y otros textos del autor, lamentablemente de divulgación masiva entre nosotros. Es recomendable en cambio, aun cuando tengan ciertos vicios historiográficos, la biografía de Entraigas. En la congregación tenemos que plantearnos seriamente el lenguaje, las connotaciones de ciertas expresiones y determinadas prácticas institucionales respecto de la única vocación salesiana, más aún cuando nos referimos a un santo de la Congregación. No podemos caer en torpezas como por ejemplo la de Noriega que además de presentar una imagen falsa de Zatti es a todas luces tendenciosa cuanto menos: “El Siervo de Dios hizo de estas virtudes dos alas para realizar como laico su no logrado sacerdocio ministerial y volar hacia las cimas de la santidad.” (pág. 141)
[2] Tomo las referencias de la Positio y del Summariun de la Carta del Rector Mayor Juan Vecchi en Actas 376 (2001) pero le doy un uso argumentativo propio.

miércoles, 14 de marzo de 2012

Pluralismo de creencias y universalidad de los valores. Notas a raíz de regulación jurídica de la sociedad argentina

Sobre el tema del “aborto” ya intervine el año pasado en el blog y remito a ese lugar (“Un cuerpo sin sujeto: a propósito de una tragedia”, 3 de noviembre de 2011). Pero no quiero quedarme en un “tema” específico para no restringir el alcance de mis reflexiones. Porque ahora es el aborto, pero antes lo fue el matrimonio igualitario y, hace poco, la enseñanza de la religión en la escuela. En este caso, quisiera proponer una breve reflexión sobre la pluralidad de creencias y valores de la sociedad Argentina y el ordenamiento jurídico de las normas sociales, aunque la ocasión haya sido el dictamen de la Suprema Corte de Justicia.
De entrada voy a decir que no coincido con cierta visión –que tienen muchos cristianos “católicos”- de que el Estado debe regular las normas sociales a partir de la doctrina moral de la iglesia (o de las iglesias) por el simple hecho que tal doctrina no representa la totalidad de la población del país. Actuar de esa manera sería –simple y llanamente- hegemonizar una determinada “concepción de la vida” por sobre el pluralismo ético, político, e incluso de creencias de toda la sociedad. Hay aspectos que el Estado debe regular en el marco de los dispositivos, procedimientos y principios propios de la democracia para todos los ciudadanos en el marco de una justa legalidad (que no de una moralidad determinada) propio de una sociedad éticamente plural.
Es desatinado que un sector de la sociedad se apropie la representación de la totalidad de la experiencia creyente, de los valores universales y de la doctrina moral de una sociedad. Por otra parte es inoportuno pensar que el Estado deba legislar oficialmente según una doctrina particular (en este caso de la iglesia). La historia nos recuerdas los fracasos y los abusos de esas experiencias  Y sabemos de sobra las dificultades que tienen las iglesias para acoger en su interior la pluralidad de creencias y de prácticas creyente; pero ese es otra cuestión.
La actitud de discutir constantemente (pienso, por otra parte que es bueno que las iglesias lo hagan) el ordenamiento jurídico y ético del derecho cuando no coincide con las expresiones de la “ley natural” como “ley divina” no hace más que mostrar ciertos fundamentalismos de doctrinas seguras (de fundamentos últimos y de pensamiento único) contra el relativismo de las interpretaciones de los otros sectores de la sociedad. Y por ese lado…no habrá posibilidades de dialogo y resolución de conflictos de valores (y creencias) por descalificación de las otros instancias.

lunes, 12 de marzo de 2012

A propósito de la “hacer” experiencia pastoral.


La experiencia no es lo que le sucede a una persona. 

Últimamente estamos haciendo mucho recurso a la “experiencia” para decir cualquier cosa o justificar determinadas posiciones personales (pastorales). Sin embargo, en no muchos discursos pastorales “hacer experiencia” se reduce a experimentar, hacer actividades pastorales o sólo a acciones de cosas que nos pasan en la pastoral. Quisiera llamar la atención sobre esta situación.

Hace unos años Agamben escribió un texto -que a mí me parece extraordinario-, en donde realizaba una descripción que nos deja perplejos: “…la jornada del hombre contemporáneo ya casi no contiene nada que todavía pueda traducirse en experiencia: ni la lectura del diario…ni los minutos pasados al volante de un auto en un embotellamiento…ni la manifestación que de improviso bloquea la calle, ni la niebla de los gases lacrimógenos que se disipa lentamente entre los edificios del centro, ni siquiera los breves disparos de un revolver retumbando en alguna parte, tampoco la cola frente a la ventanilla de una oficina… El hombre moderno vuelve a la noche a su casa extenuado por un fárrago de acontecimientos -divertidos o tediosos, insólitos o comunes, atroces o placenteros- sin que ninguno de ellos se haya convertido en experiencia”.[1]

En efecto, pienso que Agamben han captado un aspecto importante (antropológico, diría) de la experiencia cotidiana. Tanto la expresión “no es lo que le sucede a una persona” (Huxley)[2] como “sin que ninguno de ellos se hayan convertido en experiencia” hacen pie justamente en la idea de que la experiencia no es una sucesión de acciones sin más o el sucederse de acontecimientos sin significados. Al contrario, experiencia es “lo que uno hace con lo que vive”, subjetiva el suceso o el acontecimiento, las situaciones, las hace propias y le da un sentido (incluso cualquiera) a lo que le pasa.

Hacer experiencia es una forma de apropiación y de dotación de sentido de las cosas, de las acciones, de lo que nos pasa. Ese es el desafío para la pastoral y sus agentes: que Dios, la Virgen, la comunidad eclesial, los jóvenes, la fe, el compromiso por la justicia pasen por la experiencia. Hacer experiencia es ser sujeto de lo que nos pasa y no el sucederse de acciones pastorales desarticuladas.


[1] AGAMBEN, G., Infancia e historia, Buenos Aires, 2004, pág. 8.
[2] Citado en Participación solidaria y calidad educativa. Actas del 12° Seminario Internacional “Aprendizaje y servicio solidario”, Buenos Aires, 2010, pág. 36.

sábado, 25 de febrero de 2012

Soñaba con una Iglesia joven


Hoy estuve releyendo un libro de Martini que hace unos años provocó cierto impacto en mí por algunas cosas que decía allí. Hoy me impacta de otra manera y por otras cosas. En esta nueva etapa de mi vida me llamó mucho la atención ésta expresión: “Antes tenía sueños sobre la Iglesia (…) Soñaba con una Iglesia joven. Hoy ya no tengo más esos sueños.”[1]
Y pienso sobre qué nos pasó en la iglesia Argentina después de Gualeguaychú. En estos días estuvieron circulando mail comentando un aniversario más del III Encuentro Nacional de Responsables de Pastoral de Juventud celebrado en el año 2003 que marcó el recorrido de la pastoral juvenil en estos últimos años. Va…es una forma de decir, porque el Mapa para navegar mar adentro[2] es poco conocido en algunas (por no decir en muchas) diócesis y movimientos.  Incluso la canción “No tenemos miedo” -himno del Encuentro- hoy integra los cancioneros y se canta en los grupos juveniles sin la mística ni la memoria de su origen. Para graficar lo que pienso sobre los procesos de la pastoral de juventud en Argentina (con respecto a Gualeguaychu y el Mapa) me viene a la memoria un texto de los Padres de la Iglesia muy interesante; independientemente de la referencia al monje me interesa resaltar la cuestión del “ver” para “seguir”:
“Le preguntaron a un anciano cómo debía obrar un monje fervoroso para no escandalizarse al ver que algunos hermanos volvían al mundo. Y respondió: el monje debe observar cómo los perros cazan a las liebres. Uno de ellos ve una liebre y la sigue. Los otros, que sólo han visto correr al perro, le siguen durante cierto tiempo, pero luego, cansados, se vuelven. Sólo el perro que ha visto a la liebre la persigue hasta alcanzarla. La dirección de su carrera no se modifica porque los otros se vuelvan atrás…”[3]

Pienso que con Gualeguaychú pasó lo mismo que con las liebres del relato: fue asumido, continuado y guardado en la memoria por los que vivieron ese acontecimiento eclesial, pero no lo fue así por los que siguieron después de ellos en las diócesis y movimientos. Ni siquiera parecería una decisión de los obispos hacer nuevamente una “opción por los jóvenes” , porque se financia la Pastoral de Juventud Nacional sin optar por los jóvenes y muchas veces apenas se sostiene la estructura y no se acompañan los procesos pastorales en las diócesis.
¿Podemos seguir soñando con una iglesia joven para la Argentina? Parafraseando a Ricoeur, quizá sea el tiempo de hacer memoria del pasado, atender el presente y construir el futuro retomando el “acontecimiento fundacional” que dio origen a la Pastoral de Juventud. Si bien Gualeguaychú no fue el comienzo del Mapa, en la etapa analítica de la planificación pastoral en la que se encontraba el “acontecimiento” contribuyó con insumos para el Plan Nacional (socialización de núcleos problemáticos, elaboración de principios y orientaciones). Decía, tenemos que hacer una “memoria feliz” y relanzar la Pastoral de Juventud en las diócesis y movimientos. Porque sin el ejercicio de la memoria difícilmente podamos cuidar la identidad y apostar por la continuidad en la historia.[4]
Sueño con la construcción de una iglesia joven…hoy ese sueño me impulsa a seguir creyendo.


[1] MARTINI, Carlo M., Coloquios nocturnos en Jerusalén, Madrid, 2008, pág. 97-98. Es obvio que el autor no se refiere a los jóvenes sino a las estructuras de la iglesia, la interpretación corre por mi cuenta.
[2] CEA-Pastoral de Juventud de Argentina, Un mapa para navegar mar adentro. Orientaciones para planificar una pastoral de juventud transformadora, Buenos Aires, 2007.
[3] Sentencias de los Padres de la Iglesia, pág. 42
[4] RICOEUR, Paul, La memoria, la historia, el olvido, Buenos Aires, 2000, pág. 644. En varios de los núcleos problemáticos del Mapa, op.cit., se dice: “En la Pastoral de Juventud necesitamos reconocer y redefinir nuestra identidad específica en este tiempo histórico” (pág. 29) y “necesitamos clarificar y definir nuestro rumbo y visión de futuro” (pág. 30). Y el primer desafío expresa: “Nuestra identidad en este tiempo histórico” (pág. 37)

martes, 24 de enero de 2012

Jóvenes… les queda hacer futuro


Mirando un noticiero internacional descubrí una pancarta que llevaba un joven griego en una de las manifestaciones ante los ajustes neoliberales impuestos por la Zona Euro: “el futuro es hoy, mañana es tarde”. Además de impresionarme el contexto en que se exponía esa consigna, pensé en los jóvenes (a partir de esos jóvenes de la noticia), en la hipoteca que pesa sobre su futuro y el desmoronamiento de las expectativas que genera una crisis...
Creo que lo que quiero decir lo expresa poética, y crudamente, Mario Benedetti:
"¿Qué les queda por probar a los jóvenes
en este mundo de paciencia y asco?
¿Sólo grafitti? ¿Rock? ¿Escepticismo?
También les queda no decir amén,
no dejar que les maten el amor,
recuperar el habla y la utopía,
ser jóvenes sin prisa y con memoria,
situarse en una historia que es la suya,
no convertirse en viejos prematuros.
¿Qué les queda por probar a los jóvenes
en este mundo de rutina y ruina?
¿Cocaína? ¿Cerveza? ¿Barras bravas?
Les queda respirar, abrir los ojos,
descubrir las raíces del horror,
inventar paz, así sea a ponchazos,
entenderse con la naturaleza
y con la lluvia y los relámpagos,
y con el sentimiento y con la muerte,
esa loca de atar y desatar.
¿Qué les queda por probar a los jóvenes
en este mundo de consumo y humo?
¿Vértigo? ¿Asaltos? ¿Discotecas?
También les queda discutir con Dios,
tanto si existe como si no existe,
tender manos que ayudan, abrir puertas
entre el corazón propio y el ajeno.
Sobre todo les queda hacer futuro
a pesar de los ruines del pasado
y los sabios granujas del presente".[1]
Jóvenes…les queda hacer le futuro, construirlo hoy porque dejarlo para mañana puede resultar tarde.


[1] BENEDETTI, Mario, La vida ese paréntesis, 2006, pp. 136-137

viernes, 13 de enero de 2012

Los invisibles o cuando la vida que nace ... muere


Pensaba no escribir en el Blog hasta febrero. Pero esta mañana -gracias a un enlace de Dantes Ibáñez- leí el texto La desnudes de los invisibles de Silvana Melo publicado en Pelota de Trapo. Un artículo-homenaje para la mujer de 30 años y su bebé de nueve meses muertas en un incendio en su habitación en un conventillo de Dock Sud. Ni siquiera sabemos sus nombres, solo trascendió que Osvaldo Bizotto, su esposo, fue internado con el 80% de su cuerpo con quemaduras. No podía ser de otra manera, los pobres no tienen nombre y su muerte (y su vida) pareciera que tampoco tienen ninguna trascendencia.
 Ya el comienzo de la nota es impactante: “Transformar la vida sucia de plomo y madera y chapa y escasez, en una buena vida al alcance de todos; subvertir todos los órdenes establecidos, encender las estrellas aun con el sol en pleno mandato, robarles a los poderosos el fuego sagrado para los vulnerables, para los muchos, para los tantos, para los que no se ven, ser Prometeo en la injusticia brutal del conurbano, ser, crecer e insistir con poblar el mundo de los pobres, traer niños para la rebeldía, parir para las mayorías, ser más y más, multitud de anónimos para la transformación. Todo eso podía elegir.” Y remata el texto con sentimientos de indignación, decepción y una esperanza remota: “Dicen que murieron en el incendio que se desató a las seis de la mañana, seis horas después de cerradas las puertas de la Navidad. Cuando lo que podía nacer ya había nacido pero no para ellas. (…) Dicen que ella y su madre murieron en el incendio de Navidad, entre chapas y maderas. Pero que nadie les crea. Ellas murieron de olvido, de desigualdad, de profunda injusticia. Solas y apartadas de la fiesta de los otros. (…) Solitas ahora irán, en alguna aurora donde lo que nazca sea bueno. Con panes tiernos a mano y un ramito del futuro que tal vez se salvó del fuego.” ¡Impactante!
Con agudeza teológica afirmaba Gustavo Gutierrez que el desafío es “cómo hablar del Dios de la vida en una realidad marcada por la muerte temprana e injusta; en efecto, eso es la pobreza.”[1]Cuando muchos festejábamos el nacimiento de la Vida, otros lloraban las vidas frágiles trucadas. Pienso que el dramático destino de los pobres une el nacimiento con la muerte, Navidad y Pascua sin intermedias. Paradojas de la vida o de la muerte, qué más da; el destino es inexorable para los pobres.


[1] Gutiérrez, Gustavo, “Desde el mundo de la insignificancia social”, en: Revista Pasos, n° 149, mayo-junio 2010, pág. 19.

domingo, 18 de diciembre de 2011

Nacer (y morir) en la periferia


En estos tiempos de nacimientos y pesebres, inicios de lo nuevo y continuidades en el tiempo quiero compartir con Uds. una brevísima reflexión sobre la Navidad. Para ello quisiera iniciar con una afirmación de Agamben sobre la que asentaré el contenido que quiero mostrar (la periferia, lo marginal, la vida frágil, las opciones institucionales) a tono con la temática del blog.

Agamben en “Consideraciones sobre el pesebre”, texto breve y enigmático, es a la vez disparador de múltiples significados. Dice que no se puede comprender “de ningún modo el pesebre si no se comprende ante todo que la imagen del mundo cuya miniatura nos ofrece es una imagen histórica”.[1] Pues bien, la imagen histórica que nos muestra el pesebre es la historicidad de un acontecimiento mesiánico en el tiempo (kairos) ocurrido en los márgenes del Imperio. Hace unos años atrás Meier explicaba convincentemente como podía asignarse a la comprensión del Jesús histórico algunas de la connotaciones actuales del concepto “marginalidad”: 1- los que viven en la periferia de las grandes ciudades, 2-  lo que no tiene trabajo o con trabajo precario, 3- los inmigrantes que se hallan atrapados en la transición, 4- las minorías raciales o étnicas que se encuentran dominadas y 5- los que salen de los cánones de la normalidad. Para concluir hacia el final de primer tomo diciendo que “esto simplemente viene a recordarnos que Jesús era un judío marginal, que dirigía un movimiento marginal en una provincia marginal del vasto Imperio Romano”[2] como así también el proceso, la condenación y muerte, hicieron de él un marginal.

El pesebre tiene una ambigüedad de significado: nos muestra esa imagen del mundo desigual, excluyente, construido al margen de la gente y manejado desde el centro por los poderosos (ayer y hoy); y también nos sitúa frente a la imagen de “la salvación de lo pequeño”, de la vida frágil que palpita en la periferia, ante la posibilidad de construir otra sociedad donde los que importan son los pobres, los pequeños, lo que no cuentan. Aunque resulte un poco duro para los creyentes devotos, quisiera recordar que el pesebre es más que una figura romántica que nos enternece y llena de emoción. Es una figura histórica del desarraigo, la dominación, la persecución, la expulsión y la pobreza de muchos. 

Como dice Marcelo Murúa “la Navidad nos enseña que a Dios se lo encuentra como antaño, en la periferia y no en el centro, en el pesebre y no en el palacio, pequeñito y frágil, como la esperanza, y en pañales…”[3] Y también nos recuerda donde tiene que estar la vida religiosa en la actualidad y desafía la toma de decisiones carismáticas (institucionales) y pastorales respecto de las nuevas fronteras, los pobres y los/as jóvenes.


[1] AGAMBEN, Giorgio, Infancia y memoria, Buenos Aires, 2004, pág. 189.
[2] MEIER, John, Un judío marginal. Nueva visión del Jesús histórico. Tomo I, Pamplona, 2009 (primera edición en español de 1997), pág. 79

lunes, 12 de diciembre de 2011

La pastoral… un oficio de lugar


Hace muchos años Clifford Geertz escribió el libro Conocimiento local,  texto que marcó el rumbo de las ciencias sociales en las décadas siguientes. Pienso que, con demasiado retraso, en la pastoral nos encontramos ante el dilema del conocimiento local y la producción de propuestas validas para determinados contextos y jóvenes, de su legitimidad y posible generalización. De entrada quiero dejar por sentado que cuando me refiera a conocimiento local haré referencia a la praxis pastoral[1] como forma de conocimiento de la situación en cuanto lugar teológico. En definitiva, la praxis pastoral en tanto que conocimiento local, reflexión teológica y pastoral inculturada.
Por eso, para mí la pastoral es un “oficio de lugar”.[2] Esta es una expresión con la que espléndidamente definió Geertz a las ciencias que actúan en función del conocimiento local: observar principios generales en situaciones locales, valorar la experiencia  humana a partir del colorido local, pensar globalmente pero actual localmente, mentalidad práctica sin mengua de la reflexión teológica, dispositivos comunes en situaciones diferentes, quizá sin una coherencia integral pero con una pertinencia local. La referencia a lo local no es por mor de apego a la pequeña realidad (egoísmo) sino para garantizar la historicidad de la intervención. Irónicamente han criticado éste tipo de posición como “relativismo cultural” por partir del lugar del otro (del nativo). Pero supongo que es válido también criticar la posición contraria como la “única válida” por situarse en la abstracción de “ningún lugar”.[3]
Esta extrapolación del modelo interpretativo de Geertz para la comprensión de la praxis y, consecuentemente, de la teología que se ocupa de la pastoral, me parece pertinente para encarar la construcción de una pastoral local que no adolezca de la necesaria pisca de reflexión teológica. Y si bien es cierto que se corre con ciertos “riesgos de fragmentación” y de inventario de prácticas y actividades desarticuladas, prefiero éste defecto que nos desafía a la articulación de las prácticas en proyectos que la “pretensión de universalidad” en la que late pensamiento autoritario y cierto tufo fundamentalista.


[1] Uso adrede el concepto “praxis” para remarcar la unidad de práctica y reflexión. Esta es una ganancia del pensamiento de izquierda en la interpretación que hace de Aristóteles. Véase Habermas, J., Teoría y praxis. Estudios de filosofía social, Madrid, 1987 pero también podría invocarse a pensadoras diferentes como Arend y Heller. Aunque también uso el concepto “practica” y “reflexión” referidos a la pastoral y teología. En este punto no hago más que seguir a Scannone quien distingue practica pastoral de practica teórica y de reflexión teórica como diferentes niveles de intervención pastoral y de reflexión teológica. Scannone, J.C., “Mediaciones teóricas y prácticas de un filosofar inculturado”, en: Revista de Filosofía Latinoamericana y Ciencias Sociales, n° 14, noviembre 1989. Uf, no será mucho!!!
[2] Geertz, Clifford, Conocimiento local.  Ensayos sobre la interpretación de las cultura, Barcelona, 1983, pág. 195.
[3] Voy a hacer una digresión al margen (mejor dicho al pie) como para que pase desapercibida: la “pastoral de la iglesia” no existe sin la pastoral “local”, contextuada. Cuando se acusa de relativismo a ciertas posiciones se lo hace desde otra postura teórica (universalista) e ideológica (absolutista). Por eso, podríamos decir que la pastoral no es universal sino situada.